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En las fronteras del sin límite PDF Imprimir E-Mail
sábado, 03 de febrero de 2007

Frontera es estar en los límites, que paradojalmente, para la nosología psiquiátrica, es transitar cíclicamente de estructura en estructura, en un sin límite, en un fluir de síntomas que no concuerdan entre sí. Que ubicaría lo borderline en la tangencialidad, periferia y marginación de las tres estructuras clásicas.

Labilidad afectiva, una pronunciada disociación, una sexualidad diluida o compulsiva, donde los polos masculino y femenino, no están claramente diferenciados.

¿Estado o estructura? Que tomaría los trastornos de la personalidad graves tales como histéricas o depresivas y obsesivas, los rasgos pronunciados paranoides o esquizoides, pero que a su vez son atenuados para conformar una psicosis. Abulias severas, variadas fobias, angustias persistentes, mecanismos de defensa arcaicos o sofisticados. Un narcisismo acendrado, que puede ir acompañado por bulimia, anorexia, adicciones múltiples, somatizaciones floridas, y en los cuales la percepción corporal está alterada. Todo lo sintomático, confluye desordenadamente formando un río turbio de síntomas disonantes.

El mito de Babel se resignifica; dialectos y discursos estallan en una gran confusión, que suman al saber en dudas permanentes. ¿Qué teorías son las válidas? ¿Cuáles son las técnicas o estrategias psicoterapéuticas a emplear? ¿Cuál es la farmacología atinente?

Hablar de lo borderline es situarnos en el perpetuo discurrir de la incertidumbre, o en las tranquilas y engañosas aguas del diagnóstico, en una famélica identificación con la certeza.

Crear una cuarta estructura tranquiliza, pero no soluciona absolutamente nada. Si lo sintomático transita por los vericuetos de la psicosis, perversidad y neurosis, ese fluir heraclitiano donde hay un cambiar constante, donde nada permanece igual, esa cuarta estructura, carecería de identidad propia.

Tratar a la familia de un paciente borderline, es rastrear y encontrarse con algunas causales infantiles y familiares que inciden en el cuadro que es multicausal. Armar la novela familiar es de una gran dificultad. Sus componentes son expansivos en narrar los buenos momentos, pero reticentes con los conflictos que intentan ocultar u ocultarse. Es común que éstos surjan al final de las sesiones y en las posteriores se le quita trascendencia. Se los tapa o enmascara: "nosotros no tenemos ningún problema". La relación de los padres está generalmente teñida de
comportamientos perversos. En una terapia familiar, la madre por ejemplo, oculta que hace más de treinta años que vomita, cuando se denuncia ese mismo síntoma en el supuesto paciente, en el emergente. El paciente, que hablaba permanentemente de sus compulsiones heméticas, se había cuidado de ocultar cuidadosamente lo referido a su madre, como forma de preservarla, y por ende de preservarse. En una familia con estas características, es posible ver un intercambio de los roles de víctima y victimario. Lo sádico masoquista, subyace emergiendo los conflictos que perversamente se ocultan.

Las partes enfermas son proyectadas sistemáticamente en el hijo, inconscientemente tranquilizan la enfermedad del mismo. Si el paciente mejora, las interrelaciones entre los componentes de la familia se desequilibran. Las exigencias hacia el hijo son desmesuradas con respecto a sus posibilidades. La tenue conciencia de enfermedad, trabajada en la psicoterapia familiar, se esfuma.

El padre, generalmente poderoso, libidinoso, explosivo, incapaz de trazar límites equilibrados, explota estentóreamente. "Hay veces, que yo tiraría a O. (su hijo) por la ventana..." O que borrosamente dice "Que se haga cargo la madre..." Ni lo explosivo, ni lo ausente, generan ningún tipo de límite. Se autoexcluyen. No promueven, en la díada hijo-madre, intervenciones que separen. Hay incapacidad de ser ley. Generan lazos con sus hijos que transitan cotidianamente entre el laisser faire y el autoritarismo más déspota. "Yo por mi hijo puedo llegar a ser el más desalmado, si así se cura". Para el rato, agregar: "Si yo tengo que ponerme de rodillas para que se cure, lo haría".

La ambivalencia afectiva, con sus hijos, hace estragos. Los odian por lo que cercenaron de su vida matrimonial. Porque presentifican sus debilidades manifiestas. Y porque son una herida narcisística inaceptable.

Un padre que regresaba de madrugada, incapaz de cortar la díada madre-hijo, explota soezmente: "Sacame a ese maricón de la cama". Sobrepresencia física, o insolvencia simbólica. Al padre de un paciente borderline podemos definirlo como un volcán apagado que cuando se enciende explota en lava que erosiona la salud mental de sus hijos. Se autoexcluyen por comodidad o por resentimiento con su pareja. Cuando se incluyen, lo hacen en forma desaforada, que promueve el odio, y por ende su exclusión.

Un paciente, hablaba muy poco de su padre ya fallecido. Éste, cuando el paciente tenía 11 años, se entera de una relación homosexual de su pequeño hijo. Le pega una paliza terrible. El paciente no se olvidará jamás de la golpiza. A partir de la misma, renunciará a lo homosexual y se ubicará compulsivamente en la heterosexualidad. Cuando habla de su esposa, pareciera que hablara de un partenaire del mismo sexo. "Yo lo amo mucho a Julia". Si intentamos descifrar esta intervención infantil paterna, la valoramos ya que pese a ser explosiva, deja un rastro simbólico que, sin embargo, deja huellas en el discurso del paciente. Marca la impronta; rescata al hijo de la perversidad, pero a un costo económico más grave: lo perverso se transformará en una sexualidad marcadamente compulsiva, donde está disociada del afecto.

Otro paciente: ante la promiscuidad sexual del padre, lo odiará e idealizará lo masculino, siendo su ideal imposible e inalcanzable, disociando el cuerpo del espíritu. "Un hombre me gusta por su espíritu..." La misma paciente tiene un acceso psicótico cuando su novio pretende relaciones prematrimoniales. Desmesuradamente afirma: "Me decepcionó... no respetó mis convicciones religiosas... yo quería su espíritu..." En las psicoterapias familiares, el padre se excluirá o saboteará el tratamiento. Es generalmente causante de cambios de terapeutas y terapéuticas, donde termina explotando, causando rupturas y enojos, y produciendo pérdidas muy dolorosas en el paciente, que establece vínculos muy dependientes con los profesionales.

Los aspectos transgresivos del paciente borderline son constantes, y hasta inexplicables. Un paciente, profesional, pasa por un negocio, toma una parrilla y sale corriendo. Su impulsividad, generalmente con un correlato orgánico, lo hacen proclive al acting.

Describir a la madre es describir al paciente. Conforman una díada que es una unicidad, generalmente borderline, con un vínculo irresuelto con la madre que es reproducido. Toman a su hijo o hija como objeto de amor; impiden su identificación. Su facilismo es el que castra. Conforman una simbiosis irrompible, donde a veces, al terapeuta, le cabe la peligrosa opción de simbiotizar para intentar la ruptura de la misma. Su sobrepresencia no permite el manejo de la ausencia, de ahí las fantasías terroríficas de abandono de ellos. Involucran a sus hijos, tempranamente, en sus desavenencias matrimoniales. Hay una imagen del esposo generalmente descalificatoria, donde la sexualidad está sentida como algo terrible y doloroso. "Hija... el acto sexual es terrible... cuando un hombre te penetra, te daña... lo sufrí muchísimo con tu padre..." Hay una actitud de abnegación y martirologio en las relaciones sexuales. Hay una erotización perpetua del hijo, que impide la separación, o en todo caso, por desplazamiento, la búsqueda compulsiva de un objeto, espejo textual de esa madre sobreprotectora. Sobreprotegen, pero también se refugian, anulan su identidad, fundiéndose con el hijo.

En las entrevistas familiares, se sitúan en un nivel claramente masoquista. Pero si los terapeutas intentan separar esa díada patológica, ponen en juego sus rasgos perversos, intentando sádicamente impedir el quehacer terapéutico.

Si fuera posible fotocopiar la psiquis de la madre de un paciente borderline y del paciente mismo, sería imposible denotar las diferencias, ya que hablaríamos de una simbiosis donde lo que más se particulariza no es la complementariedad, sino la similaridad que impide la diferenciación.

Hay costumbres masturbatorias que se conservan hasta edades muy maduras. Un paciente se encerraba en su despacho a masturbarse o a pedirle a una secretaria que lo hiciera. Era capaz de llamar por teléfono a distintas líneas calientes (hot lines) y conversar con alguna mujer mientras se masturbaba. Luego se angustiaba mucho y no se levantaba por varios días, sumido en una gran depresión y extrañamiento. Habrá dormido con su madre hasta los quince años, teniendo muchas fantasías incestuosas con ella, por lo que necesitaba masturbarse varias veces en el día. Más tarde comenzó a tener una fuerte atracción por adolescentes de características feminoides. Ya adulto, casado, con hijos, tendrá relaciones sexuales con travestis. En este ejemplo se infiere lo pre-edípico, expandido en toda su magnitud y lo forzado de la genitalidad alcanzada.

Los tratamientos familiares son largos. Es difícil modificar estructuras de personalidades que aceptan pasivamente los señalamientos, pero que no hacen modificaciones substanciales a comportamientos persistentes.

Por otro lado se percibe cotidianamente que cuando las figuras parentales logran una mejoría, el paciente, por el contrario, empeora, y viceversa, ya que se modifica una homeostasis patógena. O puede darse el caso de que la alianza entre madre e hijo, que es de por sí inexpugnable, viva los señalamientos como ataques, y en un funcionar paranoide, abandone el tratamiento. Para impedir estos abandonos y contemplar todas las variables, es necesaria la conformación de un equipo terapéutico muy férreo y unido, ya que constantemente nos exponemos al saboteo, al ataque sádico, al intento de dividir o al entrar en una dependencia muy grande con el equipo terapéutico.

Si pensamos que las distintas estructuras psicopatológicas, llámense neurosis, perversidad, psicosis, presentan variados escollos, el trastorno borderline de la personalidad sería el que presenta las mayores dificultades en la dirección de la cura. Hay un debatirse, un rotar cíclico y circular en lo sintomático, que genera terapéuticamente más frustración. No obstante, si la tríada terapéutica conformada por psiquiatra, analista y terapeutas familiares, funciona compactamente, si hay homogeneidad en lo teórico, en lo técnico, en las estrategias a implementar, es posible, frente a retrocesos transitorios y a muchas situaciones que hay que sortear, obtener logros permanentes y evitar un deterioro paulatino. Lo borderline, su identidad estaría en lo polimorfo, y si son psicosis atenuadas, se asientan en una dialéctica entre atenuación y gravedad, de acuerdo a la lectura estructural que se hace. Se me ocurre pensar que lo fronterizo, esa zona vaga, no sea un sendero bifurcado, sin salida, requiere no quedarse fascinados, paralizados en ese fluir de síntomas, y sí munidos de un arsenal técnico variado, donde por ejemplo, una severa abulia sea enfocada conductualmente, y la sexualidad enfocada analíticamente.

Una posible metáfora de lo borderline sería que son nómades que no pueden asentarse en ninguna región y viven en el permanente litigio. Les está vedado asentarse en un lugar. Si bien son frontera, sus fronteras son las de no territorio, náufragos, extranjeros, condenados a vagar, a transitar, impedidos de poder aposentarse en el fulgor efímero de una cierta paz

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