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  • NIRVANA THE MAN WHO SOLD THE WORLD We passed upon the stair,we spoke of was and when Although I wasn't there,he said I was his friend Which came as some surprise I spoke into his eyes I thought you died alone,a long long time ago Oh no,not me I never lost control You're face to face With the man who sold the world I laughed and shook his hand,and made my way back home I searched for form and land,for years and years I roamed I gazed a gazley stare at all the millions here We must have died along,a long long time ago Who knows? not me We never lost control You're face to face With the man who sold the world
  • Esta foto me encanta. Aqui sales especialmente guapa... :)
  • c días buenos-ssss!
  • PB280402_opt Es hermosa se parece a ti... ;)
  • 30-1-2012 ...y aunque el tiempo ete revuelto,yo al pie del cañon.
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Psicodrama con Niños

Cuando tenemos a un niño en tratamiento, no podemos olvidar algo que es obvio, no viene solo, siempre vienen acompañados, por su madre, su padre, o alguien, que normalmente han sido los responsables de que este niño venga a tratamiento.

Es básico por tanto considerar que la unidad de tratamiento, en la intervención con niños, es por supuesto el niño, pero también los padres, ya que son quienes nos tienen que posibilitar que el cambio pueda ocurrir fuera, más allá de nuestras sesiones, y esto será posible sin como profesionales somos capaces de implicarles en el cambio de sus hijos.

Este trabajo, intenta profundizar en como conseguir una idónea alianza terapéutica con los padres, respetando la confidencialidad del niño, sin que los padres se sientan cuestionados ni culpables, por lo que sus hijos están en tratamiento.

Lorena Silva Balaguera
 

INTRODUCCIÓN

¿Tengo yo que hacer algo para que mi hijo cambie?. Esta pregunta, formulada o no verbalmente, de una manera más o menos clara, es la pregunta que subyace, en los padres que deciden por propia o ajena voluntad, que sus hijos necesitan un tratamiento.

Como señala Winnicott, en numerosas ocasiones, los niños, normalmente no demandan este tipo de intervenciones, y si no lo demandan, en primer lugar no asumen las normas, reglas, lo que es una terapia, el venir…, por lo que dependemos de lo que sus padres han elegido para ellos, el tipo de terapia que han elegido ( humanista o no), la comprensión del problema que ellos propios han formulado, y por supuesto el tipo de cura que han imaginado para sus hijos.

Pero además, aunque los padres nos traen a sus hijos, esperando que aquí mejoren, tengan menos sufrimiento, y su vida sea más feliz, los traen en ocasiones sin estar dispuestos a asumir el esfuerzo, la motivación y las ganas de implicarse en el proceso de tratamiento de sus hijos, y de manera indirecta en el proceso de cambio propio, que se va a ir demandando poco a poco a medida que se avanza en el tratamiento de sus hijos.

Así en el trabajo con niños, se amplia la unidad del tratamiento, no solo tenemos que intervenir con los niños, ingenuos seríamos si consideráramos que la curación del niño solo depende de él, sino también con los padres, que los traen de la mano (a veces tirando de ellos), para que desde la terapia se pueda garantizar un mínimo de éxito. Esta dependencia real del niño para con nosotros como terapeutas, y la nuestra para con los padres como responsables de la mayoría de las decisiones de sus hijos, hace que el trabajo con los niños sea de gran complejidad, teniendo que manejar, una clara concepción del problema y de la curación, el encuadre y la alianza terapéutica de padres y niño, y sobre todo, la creencia de los padres de que son ellos los que tienen que posibilitar el cambio de sus hijos.

Por tanto y como todos habrán supuesto desde la lectura de la pregunta, la respuesta es sí, y a lo largo de este artículo, se intentará profundizar en la manera en que este sí, se puede hacer, para pasar del decir al hacer, en el aquí y ahora de la terapia.


COMPRENSIÓN DEL PROBLEMA Y DE LA CURACIÓN.

En el trabajo con niños, a los primeros que escuchas, tu primer contacto es con los padres del niño que te quieren traer a tratamiento. La primera demanda, la entrevista inicial, etc., se realiza con los padres, la primera explicación de lo que le ocurre al niño, su evolución, su desarrollo, la conoces a través de sus palabras. Por eso, es importante acogerles en la terapia como parte implicada e importante en el trabajo de sus hijos.

Los padres a parte de toda la información que necesitamos acerca de sus hijos, (cuando trabajamos con niños, sobre todo, pedimos datos biográficos, en la anamnesis preguntamos datos que los niños no nos pueden dar: informaciones del desarrollo de cuando empezaron a caminar, control de esfínteres, datos acerca del embarazo del parto…,) pero además de toda esta información formal y emocional que necesitamos conocer para después manejarla, los padres acuden a nuestra terapia con sus hijos de la mano, y con un gran ambivalencia.

La ambivalencia de los padres se sitúa, entre la confianza como profesional y como figura de ayuda para la cura de sus hijos, hasta los temores de desposesión e intolerancia a la rivalidad, desde el querer dotarnos de toda la información para la cura de sus hijos, hasta la culpa de sentirse malos padres, (por no haber sido suficientemente buenos), la ambivalencia va desde el deseo de que sus hijos cambien, mejoren, hasta el esfuerzo que va a suponer para ellos mismo el cambio…

La ambivalencia no ayuda, nos boicotea como personas, como padres y puede boicotear cualquier proceso de tratamiento, como señala Herranz (2004), todos los clínicos son conscientes de las dificultades que conlleva el manejo de las ansiedades de los familiares y cómo estas ansiedades llegan a convertirse en un problema añadido cuando no en un obstáculo que impide el desarrollo del proceso terapéutico, por lo que desde el inicio es un aspecto que tenemos que manejar.

Desde nuestros recursos clínicos tenemos que hacer sentir a los padres de nuestros pacientes, que por venir aquí no tienen que sentirse fracasados, cuestionados, y malos padres, malo sería privar a sus hijos de esta ayuda que necesitan, por lo que les apoyamos en la decisión que han tomado. Las ansiedades irán disminuyendo en la medida que los padres se sientan acompañados y escuchados en aquello que consideran que no han sabido hacer, en lo que cuestionan que podían haber hecho mejor, y sobre todo podrán ser superadas en la medida que compartan con nosotros que el pasado no lo podemos cambiar, que en el presente podemos decidir hacerlo de una forma diferente, y así en terapia se podrán curar las carencias del pasado, y sobre todo podrán posibilitar que el presente de sus hijos y que el futuro pueda ser mejor.

Muchas son las herramientas técnicas que como profesionales tenemos para manejar esta ambivalencias y estas ansiedades de los padres, la escucha activa, la empatía, el manejo de los silencios…, etc., pero sobre todo tenemos que manejar una disposición, crear con los padres desde el primer contacto una posición de encuentro, un encuentro de ellos con el terapeuta de sus hijos, un encuentro en el que lo que prima es la relación que se estable y que tendremos que definir, mediante el encuadre, fortalecer en la alianza terapéutica, y sobre todo manejarla durante todo el proceso terapéutico.

Igual de importante que la ambivalencia, las ansiedades, la relación que establecemos con los padres, para la intervención es fundamental la comprensión del problema que traen de sus hijos.

Cuando he terminado algunas sesiones con los padres de los niños que me traen a consulta, yo misma he imaginado como haría una fotografía, un retrato de lo que allí ha pasado. Muchas veces en las primeras entrevistas, los primeros contactos que tengo con los padres, el traer una imagen, una escena, me ayuda sobre todo cuando me cuesta poner palabras. Describiéndolo sería algo así, unos padres que vienen a consulta y traen las dos manos ocupadas, de una traen a su hijo, una personita que quieren, por la que se preocupan y de la que saben que son responsables, ese niño le dejan detrás, y de la otra mano, traen agarrados todos los problemas y dificultades que tiene “se porta mal, es un terrorista, no obedece, tiene celos de su hermano, tiene ansiedad…”, lo que traen en esa mano, es la que me presentan para el tratamiento. (Figura 1)

Es decir, nos traen los problemas, las dificultades, como si estas tuvieran entidad propia, nos traen los síntomas como algo aislado, y eso por si solo no nos ayuda. Así lo primero que tenemos que trabajar con ello es integrar las dificultades, los problemas que nos traen en sus hijos para poder conocerlos, explicarlo, y por último trabajar con ellos. Algo que a mi me ayuda mucho, es preguntarles qué es lo que hacen bien sus hijos, para ayudarles a unir lo que cuentan como parte de sus hijos.

Después de unirlos, “eso os importa porque es de vuestro hijo”, podemos empezar a preguntarnos cual es su comprensión del problema, los padres tendrán la suya y después descubriremos cual es la que tiene el niño. Numerosos autores se quedan aquí, en comprender y hacer una explicación compartida de por qué están pasando las cosas, (cuando señalo compartida, introduzco, a los padres, a los niños; protagonistas del tratamiento, no se nos olvide y al terapeuta), pero yo pienso que hay que ir un poco más para allá y conocer cómo comprenden, piensan o se imaginan que será la curación de sus hijos.

La comprensión el problema desde el psicodrama con niños, o al menos un acercamiento, al igual que con cualquier persona que acude a tratamiento, tendrá en primer lugar que detenerse en ver el enfermar social de los niños, donde el emergente puede ser la sintomatología del niño, de qué modo se ha generado y que la mantiene (Herranz, 2004). Pero además y necesario es conocer cuál es la explicación del cambio y de la curación, sobre todo para conocer la atribuciones que a priori los padres reconocen, la implicación que se asignan, asignan a sus hijos y al terapeuta.

Es importante señalar el poder que tienen los padres, como señalan desde la psicología del desarrollo, los padres son los que estructuran el mundo de sus hijos, son los que dotan de significado lo que pasa (Lalueza, J.L y Perinat, A, 1994), así ellos serán los que dotan de significado a los problemas, síntomas, dificultades de los hijos y también la curación (protagonista, esfuerzos, beneficios, etc.)

Debemos manejar los dos aspectos, en primer lugar hacer una comprensión consensuada y compartida del problema de los niños (síntomas), una comprensión sin ansiedades, culpas, ambivalencia, etc., que nos aporte la disposición para poder iniciar un proceso terapéutico, y sobre todo, una comprensión de la curación, del cambio, o más bien una comprensión de cual es su papel (no protagonista), para poder favorecer el cambio de sus hijos.
Siempre pienso desde lo que me ha enseñado el psicodrama, que la curación viene de la mano de la reconstrucción de un nuevo modo de estar del paciente en el mundo (Herranz, 1999), aunque para poder reconstruir un mundo adaptativo, y libre de síntomas, tenemos que “haber experimentado” una infancia que nos haya dotado de las capacidades necesarias para construir nuestro futuro (siendo protagonistas). Desde el tratamiento, por tanto tenemos que tratar al paciente actual y todas aquellas situaciones no resueltas anteriores, diferentes o no del momento actual.
Al trabajar con niños, en las sesiones, en el tratamiento, el terapeuta tiene que marcarse como objetivo, dotar al niño o niña, del espacio y del tiempo (el aquí y ahora) para desarrollar (dramatizando o jugando) las experiencias necesarias en el presente para posibilitarle construir su futuro (Silva, 2005). Esta manera de entender la curación más allá de quitar, es la que tenemos que transmitir y consensuar con los padres.
Así después de una visión compartida del problema y de la curación, del manejo de la ambivalencia, las ansiedades, los miedos, el propio proceso terapéutico, se tiene que construir a partir de un encuadre, para los padres y los niños, y una buena y firme alianza terapéutica.


ENCUADRE Y ALIANZA TERAPÉUTICA

Como se ha señalado y argumentado en el punto anterior, los padres tienen una gran la importancia en el proceso terapéutico, cuando estamos trabajando con sus hijos. El encuadre tiene que ser un encuadre acordado, padres, niño y terapeuta, es acordado porque en primer lugar la intervención va a depender de lo que los adultos nos han contado.

Los padres al igual que los niños, nos traen desde la primera entrevista, desde que nos piden ayuda la capacidad de ayudarlos, con más escepticismo o menos, ya que se sitúan en la disposición de aquello que los podamos ofrecer. Leyendo a Winnicott, señala en qué posición nos colocan normalmente los padres a los terapeutas de sus hijos:

“En esta etapa de la primera entrevista el psicoterapeuta es un objeto subjetivo (…). Dicho en otros términos, el paciente trae a la situación una cierta creencia, o la capacidad para creer, en una persona que lo ayude o lo comprenda. También trae cierta desconfianza. El terapeuta aprovecha todo eso del paciente y actúa hasta el límite de las posibilidades que ofrece. (1965, en 2006)

Estas características son comunes para los padres y para los hijos, comunes si pero no compartidas. En contenido de sus miedos, sus creencias, la ayuda que han de recibir, la comprensión.., son diferentes en los padres que en los hijos.

Dentro del encuadre, lo primero a señalar es lo evidente, aunque no por evidente se tiene que obviar, día de la semana que va a venir el niño a tratamiento, duración de las sesiones, honorarios, faltas a sesión, puntualidad, vacaciones.., Son las condiciones que nos tienen que posibilitar la regularidad y continuidad que necesitamos en un tratamiento y que a veces es más difícil de conseguir que en un tratamiento de adultos, porque depende del esfuerzo de los padres y del niño por venir a tratamiento.

Pero en el encuadre es importante señalar algunos aspectos exclusivos del trabajo con niños:

Ø Es privado aquello que se va a hacer en sesión, los padres no van a tener la información de lo que el niño haga y cuente. Es de gran importancia la confidencialidad, que la sesión sea un espacio protegido para el niño. Esta confidencialidad se les explica a los padres, y al niño, de manera separada y conjunta cuando estamos realizando el encuadre. Además se le debe señalar al niño que él y solo el tendrá el poder de contar lo que pasa en sesión a quien elija.

Ø Explicación de nuestra forma de intervención. Tenemos que explicarle nuestra manera de intervenir con los niños. Es importante que los padres y los niños conozcan que el psicodrama es una técnica activa (se hace), que se trabaja en el tiempo del aquí y ahora, y en el como si, que protege a los niños para que no se dejen llevar por los acting, a través de escenas, que son historias de ficción o realidad, cuentos, personajes…, los que al final tendremos que compartir desde la emoción, (eco emocional) para elegir si fuera queremos cambiar algo.

Ø El buen manejo del tiempo. La distribución de las sesiones, nos ayudará a que el niño se sienta el protagonista de su tratamiento. Es importante que el niño sea el primero, pero también hemos de dedicar tiempo a los adultos como manera de implicarles en el tratamiento de sus hijos, entrevistas periódicas de devolución y de evolución, contacto con otros medios; académico, familiar, social…., dudas surgidas en el proceso de cambio de sus hijos.
Los padres necesitan su tiempo, gracias a ese tiempo junto a nosotros, pueden aparecer sus propios insights, el darse cuenta de determinados aspectos que a su vez son importantes en el proceso de sus hijos. Por tanto tenemos que tener un tiempo para esos padres, pero tiene que estar marcado por nosotros en el encuadre: cuando van a ser las entrevistas, qué información es importante que compartan con nosotros de una manera inmediata, cuando se hace: antes de que pase el niño, después, cuál será el manejo de esa información para con los niños etc. El buen manejo del tiempo por parte del terapeuta es fundamental por tanto, para que el niño se sienta protagonista y los padres lo suficientemente implicados en el proceso de sus hijos.

Ø Dentro del encuadre es importante también compartir con los padres cual son las fases del tratamiento así como la manera en que se producen los cambios. Los niños construyen por primera vez, es más fácil construir que destruir para volver a construir, como muchas veces ocurre con el tratamiento de adultos, por esos cambios aparecen sin dificultad, lo difícil es consolidar esa opción, generalizarla para que sea utilizada fuera de sesión, (que es donde los niños viven, no se nos olvide nunca). En sesión adquieren unos recursos que han de probar por primera vez, en situaciones que aún nunca han experimentado. Por estas razones aparecen los altibajos en la intervención, altibajos que muchas veces desmotivan a los padres a los que tenemos que explicar que lo importante es el cambio, pero el cambio es un cambio válido, si se convierte en duradero. (Silva, 2005). Además de todo esto, acerca de por qué los cambios se producen de esta manera, tenemos que implicar a los padres, para que ellos sean facilitadotes del cambio, necesitamos catalizadores, como en química que hagan más probable, más fácil y con menor esfuerzo una mejoría.

Para conseguir el encuadre tenemos que ser claros, demandado a cada uno el esfuerzo necesario para que el proceso de tratamiento funcione, desde que asistan a nuestra consulta (el niño tiene que querer venir, pero los padres tienen que traerle), hasta los compromisos de cambio, el intento de todos por cambiar.

Una vez conseguido el encuadre, necesario pero no suficiente para nuestra relación terapéutica, tenemos que incidir en conseguir una buena y efectiva alianza, con los padres y con los hijos. Como señalan Anzieu, Anziedu-Premmereur y Daymas (2001), nuestra edad, normalmente los terapeutas somos adultos, nos sitúa más cerca de los padres, nuestro “tamaño”, no es neutro, tanto los niños, como los adultos nos identificarán como lo que somos, adultos. Los niños, nos identifican como adultos, y dentro de su pensamiento y concepción, evalúan, creen que los adultos entre ellos se entienden mejor, por lo que según perciben nuestra relación con sus padres ya está establecida. Y a los adultos al mismo tiempo, por la privacidad, la confidencialidad de las sesiones, sienten desconfianza de nosotros, y nos situarnos al lado del niño.

Realmente, estamos al lado del niño, la alianza terapéutica más importante la estableceremos con los niños, no podemos olvidar que son nuestros pacientes, ellos son los protagonistas, y esta debe irse creando y fortaleciendo, según el niño se vaya sintiendo acompañado, seguro con nosotros, a salvo en sus miedos, y confiado en sus secretos, cuando la relación que mantenga con nosotros sea reparadora del pasado y constructora del futuro. Por todo esto, la relación más valiosa es la que estableceremos con los niños, pero la dependencia real que tenemos de sus padres, nos “obliga” (se lo debemos a la salud de los niños que atendemos), a establecer una alianza terapéutica con sus padres en la medida en la que colaboran en su cambio. Las bases de esta alianza serán la confianza en lo que hacemos, colaboración en lo que pedimos, y sobre todo una creencia absoluta en sus hijos, no en los síntomas y preocupaciones que nos trajeron a tratamiento.


CÓMO POSIBILITAN LOS PADRES EL CAMBIO DE SUS HIJOS. IMPLICACIÓN EN EL PROCESO TERAPEUTICO.

Nos queda claro que los padres, son parte importante en el proceso de curación de sus hijos, en su proceso de cambio, según posibiliten su proceso terapéutico.

Tenemos que matizar que la importancia de los padres en el proceso de sus hijos no viene desde las creencias, expectativas o deseos que traen para sus hijos, porque en ocasiones “Los padres esperan del terapeuta que “rehaga” al niño ideal que ellos hubieran querido ser y que habrían querido hacer” (Anzieu, Anziedu-Premmereur y Daymas 2001), y no podemos construir a los niños que sus padres quieren tener, o desearían ser, sino tenemos que ayudar al niño a construir lo que él quiera elegir ser. Así por tanto, como terapeutas no debemos dejarnos atrapar por esas exigencias de los padres, ni tampoco por las demandas de los niños. Al niño se le cura al cambiar su posición frente a la relación de sus padres, (Bleichmar, Kupper, Salberg, Sigal de Rosenberg y Siquier, (1995), dotándoles de otra manera de estar en el mundo.

Cada cambio posible, abre en los niños esa posibilidad de cambiar, de que las cosas puedan ser de otra manera diferente, le posibilita entrar en el proceso de que se puede vivir de otro modo, y sobre todo de que merece la pena hacerlo, y eso, al ser un ser tan dependiente, dependiente por naturaleza de su medio, solo podrá ser dotado de ese significado por sus padres, personas importantes para él, así como solo sus padres y esas personas importantes podrán dotar de significado su curación.

Los padres posibilitarán el proceso terapéutico, cuando les permitan cambiar, cuando tengan la suficiente salud y flexibilidad en la relación para que ésta se modifique, cuando no se cuestionen lo que deben hacer y lo hagan, cuando no critiquen sino que compartan y sobre todo cuando puedan entender que a sus hijos también les “iría bien” si las cosas fueran de otro modo. Los padres posibilitarán el proceso, cuando se olviden de sus propios beneficios de la terapia (un niño que se porta bien es más cómodo que uno que no lo hace), y elijan como importantes, los que pueda encontrar su hijo como resultado del tratamiento.

Ahora quiero detenerme en la base de la Teoría del Desarrollo que enunció Moreno, (Herranz, 1991), desde la que entendemos que el desarrollo humano es un desarrollo constructivo e interactivo, un desarrollo de roles, donde el otro es imprescindible ( Rol: experiencia interpersonal, en la que necesitamos a dos o más personas para que pueda ser interpretado). Quiero extenderlo al proceso de curación, posibilitar el cambio en los niños es hacerles posible que reconozca y actúen en diversos roles; es también un desarrollo constructivo e interactivo.

Tomando como guión la dinámica del desarrollo de Moreno: “Existe un nivel de actuación de rol antes de que aparezca el reconocimiento de estos y un reconocimiento de roles, antes de que exista un nivel de actuación” (Herranz, 1991), considero en la clínica, que la parte final, el nivel de actuación que ya conlleva reconocimiento, conlleva el poder elegir y generalizar, qué quiero hacer o no hacer, sólo puede llevarse a cabo en el mundo de los niños. Los niños viven con sus padres, en sus familias, y es sobre todo en este escenario donde deben ser acompañados, capacitados por los padres para que puedan llevar a la acción los cambios.


EJEMPLO

Como ejemplo quiero traer la escena de uno de los niños que atiendo. Su nombre es Víctor y tiene 12 años, viene a consulta de la mano de su abuela o de su madre, y nos le derivó el colegio por sus problemas conductuales, y por una dificultad a pesar de sus capacidades intelectuales de aprobar el curso en el colegio. Con este niño el tipo de intervención que se hace es psicodrama individual, esta siendo atendido por un equipo, un director y otro terapeuta como ego auxiliar.

Un día en una sesión, se le pide que traiga una escena, y nos describe que no le gustan que traten mal a su perro, Galem, bueno es el perro de su abuela, pero que le traten mal o que el mismo lo haga es algo que le molesta. Nos cuenta que esto sobre todo pasa cuando, Galem ladra porque quiere jugar o quiere recibir atención, cuando quiere que le saquen a dar un paseo…

Poco a poco nos va trayendo a la sala, su cuartito de estar donde está un sofá, con un mueble…, y nos puede describir como se pone el perro cuando está “nervioso”, e “intranquilo”.

Hasta aquí, Víctor, nos traía un rol que sabia actuar, (tratar mal a su perro), que era reconocido (no le gusta), y ese reconocimiento (eso no me gusta de mi), antes de de volver a actuar como un persona que trata mal a los animales, le posibilitará poder elegir si quiere actuar de esa manera

Poco a poco construimos una escena, el ego auxiliar, se convierte en Galem, cuando está ladrando, o emitiendo sonidos molestos para los demás, y el niño, Víctor, es él mismo que quiere poder hacerlo de otra manera, quiero conseguir que su perro se calle tratándole bien.

Al darle la oportunidad de hacerlo de otra manera, ante la misma situación que el niño había descrito, aparece otro rol, actúa desde una posición de cuidado: acaricia al perro, y le dice que se tranquilice, le tumba y le atiendo, de una manera que desde fuera se ve es una escena de cuidado. Aquí Víctor actúa en un rol de cuidado. Al parar un momento la escena, le pedimos a Víctor que ponga palabras a lo que ha estado haciendo, y en ese momento reconoce que ha estado cuidado al perro, en lugar de tratarle mal, reconoce que cuidar, tratar bien, puede ser otra manera de actuar ante la situación que originariamente había sido traída.

Siguiendo la entrevista a los personajes, entrevistamos al perro, preguntándole a Galem, como se siente cuidado. El ego auxiliar, en su papel de perro, verbaliza, que se ha sentido tranquilo, que se ha sentido acompañado y a gusto. Que ha podido pasar de sentir malestar, a sentirse tranquilo. Que se ha podido sentir cuidado. Desde el otro (contra rol), se ayuda también a Víctor, a reconocerse en el rol, no solo me reconozco en el rol de cuidado, sino que el otro, al que he cuidado, lo ha podido sentir.

Damos un salto en la escena, y le preguntamos a Víctor que si a él a veces le pasa algo parecido a su perro, que si alguna vez se siente triste, hace que chilla, se porta mal, quiere jugar…., y le han tratado como a su perro, si le han tratado mal. Y sobre todo que si le gustaría ser cuidado en lugar de cuidar, estar en la otra parte del rol.

Nos dice que si, y traemos una escena nueva, el ego auxiliar deja de ser Galem, para convertirse en la abuela del niño, personaje que ha sido elegido por Víctor para cuidarle. Y así construimos una escena en la que el niño pueda ser cuidado por su abuela, sentirse querido, protegido, acompañado…

Una vez realizada la escena, el niño ha actuado el rol de ser cuidado y lo reconoce cuando le pedimos que hable de ello. En el aquí y en el ahora de la sesión ha estructurado la dinámica de desarrollo que posibilitará en estos nuevos roles.

Pero es fuera donde la abuela, su madre…, tienen que seguir cuidándole para que Víctor, pueda pasar de actuar, a reconocer, darse cuenta de su reconocimiento y seguir actuando de esa manera, una manera elegida, siempre que fuera, alguien le posibilite cuidarle para situarle en el rol de ser y sentirse cuidado.

CONCLUSIÓN

Esta como otras muchas escenas nos podrían servir para reflejar, que según nosotros entendemos la curación necesitamos al otro, y el otro en sesión somos nosotros, nuestra relación de terapia, pero el otro fuera, donde realmente está, se desarrolla y vive en niño, el mejor otro tenemos son sus padres, que serán los que faciliten que el niño pueda elegir actuar de esa otra manera.

Tal vez hubiera sido mucho más sencillo decir, que tenemos que escuchar a los padres, informales de lo que tienen que hacer para ayudar a sus hijos, y evaluar que no son ellos los que necesitan tratamiento, pero me parece demasiado simple para tratarse de una relación de un encuentro. Por lo que desde el inicio hasta la finalización del tratamiento, la implicación de los padres es fundamental. La respuesta a la pregunta formulada en el título de este artículo no podía ser tan sencilla.

Muchas de las intervenciones que realizo en los ecos emocionales, en mi trabajo con niños terminan así “Mira, aquí y ahora has podido hacerlo, tal vez fuera quieras probar”. A estos aunque no lo hago en voz alta, se tiene que añadir: “Mira a ver si fuera quieres probar a hacerlo y papá y mamá te permiten que lo hagas”

BIBLIOGRAFIA
Anzieu, A; Anzieu-Premmereur; C y Daymas, S (2001) El juego en Psicoterapia del Niño. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid
Herranz, T (1991) Psicología Evolutiva y Psicodrama Infantil. Revista Psicología C.E.U, N 13 pp 1-22.
Herranz, T, Candelas, V y Oria de Rueda, R (2004) Psicodrama con niños en Herranz T (ed), Psicodrama Clínico. Teoría y Técnica. Biblioteca “Oscar Pfister”. Ed. Ciencias Sociales. Madrid.
Lalueza, J.L y Perinat, A (1994), La construcción del Universo infantil, en Bermejo V (Ed), Desarrollo Cognitivo. Ed. Síntesis Psicología. Madrid.
Sigal de Rosenberg, A.M (Comp) (1995) El Lugar de los padres en el psicoanálisis de niños. Ed. Lugar Editorial. Buenos Aires.
Silva, L (2005) Proceso de construcción de futuro por lo niños a través del psicodrama. Conferencia impartida en la XXI Reunión Nacional de la Asociación Española de Psicodrama. Segovia. 12 de Noviembre de 2005.

Winnicott, D.W (2006) Obras escogidas II. Ed. R.B.A. Madrid.
http://www.psicodrama.es/articulos/
lospadresenlapsicoterapiadesushijos.php

 

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