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Blog de la Comunidad de soyborderline.com Trastorno Límite y Trastorno Bipolar
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Lo que les voy a relatar sucedió hace unos tres años, yo tenía, lo que se dice diplomáticamente “problemas con el alcohol” desde hace algunos años, pero con largos intervalos de abstinencia.
Intenté con los psicólogos, los alcohólicos anónimos, los curas, los esotéricos, mas no podía controlarlo. Mi familia sufría demasiado, y en el trabajo ya me tenían fichada. La tarde que comienza esta historia, tomé en el trabajo, después de no haber bebido por más de un año, alguien le contó a mi jefe que me había pegado el trago, vino su esposa quien llamó a mi padre y a mi hijo para que me recojan y lleven a casa.
En la casa, armé el escándalo y me fui a refugiar donde una amiga que vive cerca, ella es del tipo esotérico, cura los males del cuerpo y del alma con prácticas de esas raras y uno que otro producto comercial o preparado en su cocina. Claro, ella me acogió y habló conmigo, mi hijo me acompañaba, pero dijo que lo mío era algo que no podía tratar, y que iba a llamar a unos amigos suyos para me ayuden. Me dejó sola en un cuarto, mientras tanto habían llegado mis padres, quienes junto a mi hijo esperaban que lleguen esos amigos.
Llegaron dos hombres y una mujer en un carro rojo, me di cuenta de lo que sucedía, venían a llevarme; a mis padres les dijeron que me llevaban a un sitio donde me ayudarían, alcancé rápidamente a entregarle a mi madre mi cartera y el reloj, antes de que me suban en el carro y me lleven sin saber mi destino.
Ya era de noche, llegamos a una casa en un barrio residencial, subimos al segundo piso donde había una puerta de rejas a la que pusieron candado y se fueron. Me dieron una pastilla para que “descanse” y me asignaron un cuarto con otra mujer, alguien me prestó una cobija pues tenía mucho frío. Yo fui a la puerta, golpeaba con el candado, lloraba, gritaba, pidiendo que me dejen salir, pero todo era inútil, había sido internada, sin mi consentimiento ni el de mis padres, en un centro de rehabilitación de alcohólicos y drogadictos.
Del día siguiente no recuerdo mucho, solo que nos levantaron antes del amanecer, yo caminaba, hablaba, pero era como una autómata, me dijeron que era efecto de la pastilla. Por la mañana, estando en la sala de terapia alcancé a ver por una ventana llegar a mis padres y a mi hijo, yo les hacía señas con las manos juntas, como rogando para que me lleven. Luego supe que les convencieron de las “bondades” del programa, no debían preocuparse, solo pagar por adelantado dos meses pues debía quedarme al menos tres, firmar un documento, traerme un poco de ropa y papel higiénico. No habría visitas hasta después de un mes y medio. Fue cuando comenzó la tortura para ellos y para mí.
Me sumergí en la rutina de la casa, bañarse antes del amanecer, dejar la cama tendida, la declaración de la miserable persona que era a gritos en el patio, cantos, consignas, ejercicios, desayunar, asistir a las terapias, cocinar para todos, comer, descansar un rato, terapias, hacer la merienda, terapias o castigos, y solo por la noche y muy calladito se podía llorar. Las terapias eran amargas y punzantes recordatorios de la porquería de personas que éramos los que estábamos ahí y el escuchar los espeluznantes relatos de otros internos. Los dueños del centro debían ser llamados líderes, había también un psicólogo, un médico, los terapeutas que eran adictos o alcohólicos en proceso de recuperación, y estudiantes de psicología.
Los sábados salían los internos de confianza a recoger los rechazos de comestibles del mercado o lo que las vendedoras les regalaban, pocas cosas se compraban.
Los días pasaban, yo estaba siempre atenta para tratar de adivinar cuando venían mis padres a dejarme alguna cosa y hacer contacto con ellos. Un sábado por la mañana que estaba en la casa sola con la otra mujer, alcancé a ver a mi hijo por una ventana y le rogué que me lleve, pero no me entendió. En otra ocasión, oí a mis padres en la oficina y grité, pero les convencieron de que todo estaba bien, que yo estaba aún en la “etapa de negación”, y así pasaba intentado de todo, mandando notas con los se iban, tratando de llamar a la casa, o pedir auxilio a alguien.
Esa era la parte buena, pero cuando llegaba algún interno nuevo rebelde, había verdadera acción en la casa, palizas, insultos, uno de ellos, lo recuerdo tan claramente, lo arrastraron al patio, lo acostaron en el sueldo, le botaban cubos de agua fría, pateaban, insultaban, le hundían varias veces la cara en el lodo y vaciaron los tarros de la basura sobre su cuerpo. En otra ocasión, un interno aprovechó un descuido y se escapó, todos salieron en su persecución, nos quedamos solos un amigo y yo, con el teléfono a la mano, él quiso llamar primero a su casa para pedir que lo saquen, yo ya no alcancé a llamar porque los guardianes regresaron, pero su esposa nos había denunciado. Más tarde, me dieron la tal pastilla, después nos sacaron a todos de la cama a la media noche, nos llevaron a la sala de terapias, a él y a mí nos bañaron en agua fría mientas nos maltrataban tanto física como sicológicamente. Yo tenía sed, y quería ir al baño, pero no podía moverme así que no me quedó más que orinarme en la silla en la que estaba sentada y luego tomarme el agua del piso; casi desmayada, me regresaron al cuarto.
Después de un mes mas o menos, se cambiaron de casa, y tuve la oportunidad de escaparme ya que estuve por un momento sola en el carro, me bajé y corrí como loca, pero cuando me iba a subir en un taxi el líder me alcanzó, había sido una trampa, también fui castigada en esa ocasión.
Luego comencé a hacer planes de fuga, pues esta nueva casa tenía menos seguridades, además le conté al eminente psicólogo que daba la terapia por la mañana, lo que pasaba cuando él no estaba. Esto fue un día viernes, por la noche fui maltratada verbalmente y amenazada por la líder, porque el psicólogo me traicionó, contándoles lo que yo le dije a los líderes.
Lo más grave para mí era que el lunes ya me tocaba la vista de mis padres y mi hijo, yo estaba segura de que la cancelarían, pero para mi sorpresa, ellos vinieron y me dejaron verlos, lloré tanto, los abracé, diciéndole al oído a mi hijo que por favor me saque. Dejé que el eminente psicólogo se luzca con su falsa palabrería, yo dije lo que se supone tenía que decir, y luego me dijeron que era mi decisión quedarme o irme, no lo podía creer, a gritos dije toda la verdad, el psicólogo se disculpó y salimos corriendo de ahí, recogí mis cosas de prisa y nos fuimos, los líderes no pudieron detenerme porque había personal de la Dinapen o algo así justamente ese día haciendo una inspección del lugar.
Fueron cuarenta días de insoportable sufrimiento, es verdad, pero estas cosas siguen pasando en estos lugares, supe de un amigo que había caído en las drogas, lo internaron y se suicidó; hace un par de meses otro muchacho también murió, pues salió de uno de estos centros más enfermo de lo que entró, hasta lo habían violado.
¿Dónde están los derechos humanos que consagra nuestra Constitución? ¿Es que acaso se quedan en la puerta de entrada de estos centros de mal llamada rehabilitación? Espero que alguien haga algo, espero que a alguien le importe….



