Soyborderline Blogger
Blog de la Comunidad de soyborderline.com Trastorno Límite y Trastorno Bipolar
Corriendo en el campo de centeno
Son las 1522 hora zulú y llevo una hora en la cama mirando al techo pensando en mi. La verdad para tanto que digo que me odio pienso un montón en mi. Y pensaba en sexto de primaria, el año en el que un compañero de clase me acusó de robarle un libro de ¡lengua española! y por, no sé, un extraño efecto de bole de nieve toda la clase dejó de hablarme. En mi cutre colegio privado los profesores no hicieron nada por arreglar la obvia situación, sino dejaron que una niña que sabía tenía cero autoestima se quedara sola en una fila, todo un curso sin hablar, aguantando burlas y risas de compañeros. Solo una niña me hablaba, una niña maravillosa que también hoy en día sé que sufrió lo suyo. Ese año yo era fea, gordita, acomplejada por una pubertad algo prematura y no quería salir de casa, mi cuerpo enfermaba sin querer pero de verdad casi cada semana y no quería ir al colegio, los días parecían eternos y sentía las agujas del reloj clavarse en mi pecho y el tic tac se escuchaba altísimo, más alto que la lección de los profesores.
Y así pasó todo ese año. Con una primera depresión infernal me marcaría mi carácter inseguro, mi fobia a los espejos, mi odio hacia mi cuerpo, mi terror a los colegios, los exámenes, las aulas y las clases y mi terror hacia la autoridad y hacia "los adultos" y su supuesta protección. Ese año descubrí que puedes sufrir cosas aunque nadie te pegue ni te grite y que puedes llorar día tras día en un baño y nadie vendrá a salvarte. Esa fue la primera vez que crecí un poco y la primera vez que hundí un poco.
Luego recuerdo que años después fui la tutora de un niño que le iba mal en matemáticas y que él se acordaba de ese año y me contó que él tenía el libro perdido pero que por miedo no dijo nada. Y no me enfadé con él porque ya era tarde para enfados, sólo pensé que tanta gente podría haberme salvado de aquel sufrimiento tan profundo. Se lo conté a mi madre y se enfadó y dijo que fuera a decírselo al director pero en el fondo pensé: ¿Y por qué no fuiste tú a arreglarlo aquel año? ¿Por qué nadie me ayudó? Y a veces sigo llorando por que por algún motivo sin ser reencorosa tengo la inabilidad de olvidar las cosas que me han hecho daño y las cargo como baldosas en mi espalda.
Creo que lo único que me gustaría hacer en este mundo es ir recogiendo a todos los niños que están a punto de caerse en el borde del precipicio mientras corren en el gran campo de centeno.
Quizás me creo alguien
Mi padre está jubilado y por las mañanas, o más bien por las tardes cuando me despierto, bajo a fumar con él un cigarrillo, mi sano desayuno de depresiva bukowskiana venida a menos. Hoy he tenido una sana charla con él que ha terminado en yo, ahora, llorando en mi cuarto a borbotones pensando que no sólo soy una persona deplorable, mala hija, que no valgo para nada y que existo por error, sino que además "me creo alguien". Ayer discutí con mi madre, todo vino a colación de que yo saqué discretamente y entre lágrimas más bien casuales, de esas que brotan sin tú darte cuenta, lo que yo debería estar haciendo está semana si no hubiese caído en está depresión, si no hubiese ocurrido lo que me llevó a ella y si por todo ese cúmulo de cosas no me hubiesen despedido. Saqué el tema en un susurro discreto y pasé a otra cosa. Mi madre lo trajo de nuevo, como un cubito de niño que devuelve la marea. Yo volví a tirar el tema lejos. Ella paró, dio una calada a su cigarrillo negro, miró a la mesa, yo la miré, y pensé que tiene la expresión triste de cuando estoy deprimida y ella estoy deprimida y ella intenta disimular que está bien pero no lo está. Volvió a sacar el tema.
Exploté. Lloré y le dije, casi gritando, que si no era capaz de darse cuenta de que no quería hablar del tema. Que a lo mejor mis palabras "no quiero hablar del tema, me duele demasiado habían sido una pista". Como siempre hace se levantó y fingió estar haciendo otra cosa y como siempre hago, añadí mi explosión a mi lista de culpabilidades.
Me quedé en la mesa, apagando el cigarrillo tantas veces que ya no había nada que apagar más que cenizas color sepia y aún entonces me brotaban lágrimas y toda mi vida era una mierda. Y vuelvo a hoy, con mi padre, y un cigarrillo encendido, la culpabilidad de ayer amontonada pero algo olvidada por el nuevo día y yo llorando, y mi padre diciendo que entendía que yo estuviese deprimida pero que no lograba comprender cómo, siendo inteligente, no lograba entender que mis motivos no eran lógicos. Yo enumeraba mis motivos entre lágrimas, estás sí conscientes, y enormes, y que empañaban mi cara y mi camiseta y explicándole que no tenía nada que ver con la inteligencia y que yo no podía explicárselo porque él no sabía lo que era la depresión. Y entonces él me dice, llorando también, imagen que entra corriendo y se acumula a mi lista de culpabilidades, que si yo me creo que ellos no sufren, que ayer mi madre estuvo dos horas llorando porque yo le eché la bronca y que quizás mi problema es que yo me creo alguien y pienso que nadie más en el mundo tiene depresiones.
Y bueno, obvia decir como está mi lista de culpabilidades, pero casi que ahora, llorando delante del ordenador, me hace gracia, porque uno de los motivos es que precisamente, creo que no soy nadie, y que este mundo no me necesita.
Pero que más da, mañana habrán más cigarrillos y otra lista de culpabilidades que añadir y más motivos por los que llorar.
No quiero jugar más a este juego.
Acabo de limpiar el polvo de mi cuarto. Esta mañana me siento extrañamente mejor, así que demósle a mi estado depresivo un 8'5. Mi madre acaba de inscribirme a otro máster, creo que quiere que tenga todo el conocimiento del universo, como si eso fuera a aliviarme del dolor o a hacer que las empresas ignoren que tengo un problema. A largo plazo da igual lo inteligente o culta que sea, mis reacciones desmesuradas son obvias.
Aquí son las dos menos veinte de la tarde y ya estoy deseando tomar mi medicación de la noche y desaparecer por un par de horas. ¿Miedo a morir dijeron? Miedo a volver al mundo. Casi que no sé ya si miedo a todo. Ya son tantos intentos y fracasos. Es como estar en la mesa final de poker, en un cash game, con dinero infinito y un contrincante con dinero infinito también. Yo sigo poniendo fichas. Creo que juego bien. Yo tengo una escalera, y estoy segura que él tiene sólo un full, pero él tiene una escalera real. Y así, siglos y siglos, como si todo fuese un castigo infernal de inspirado en un cuento griego.
Y ¿Saben qué? Estoy cansada. Sólo es eso. De las depresiones, de los amigos que desaparecen, de los amores que se esfuman al conocerme del todo, de mi madre trayéndome las pastillas, de volver a casa de mis padres, perder trabajos, esforzarme para nada, perder proyectos, tener ilusiones y destruirlas, autodestruirme, tengo miedo de volver a la planta dos y sentir que realmente estoy loca. De dar mi sueldo en ayudar a gente que creo que quiere pero no. De no saber quién soy.
No quiero salir de mi habitación. No quiero ser. No quiero jugar más a vivir. No quiero vivir más.Olvidé lo que es ser feliz y tengo mucho miedo.



