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Midiendo las palabras

Escrito por LizardQueen
LizardQueen
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en Viernes, 25 Marzo 2011 en

El otro día hablé con ella. Me levanté fatal, como casi siempre últimamente y en un impulso de los míos le escribí un mensajito en plan "qué normal soy" diciéndole que a ver si hablábamos, que no sabía nada de ella. Su respuesta afirmariva y entusiasta me hizo estar todo el día arriba, feliz, acelerada, habladora... como a mí me gusta estar, y estando de esa forma recibí su llamada por la noche. Tuve todo el día para pensar de qué hablar, el qué decirle y cómo hacerlo. Y me salió bien, muy muy bien. Pero no fué sólo por haberlo tenido planeado y memorizado, fué por el estado de ánimo que tenía. Es esa energía que te hace sentirte única, nada te afecta, nada te empequeñece, eres lo más grande. Cuando ví su nombre en la llamada entrante la sensación fué: prepárate muñeca, te va a contestar la diosa Venus. Y así fué, no fué como la mayoría de las veces, que mi debilidad junto con mi ansia de saber qué sentía por mí, me empequeñecían. Manejé la conversación desde el principio hasta el final, yo era la protagonista, cuando ella contaba algo era respondiendo a alguna pregunta mía. Sin nervios, sin aceleraciones... feliz. Me parecí mas a ella en esa conversación que a mí misma. Acabó finiquitando ella, alegando que estaba pachucha y q no estaba bien, pero que ya hablaríamos.

¿Y ella? Al principio un poco nerviosa, luego como siempre, narrando su vida con discursillos memorizados, midiendo  las palabras. Al final, acabó agotada. La agoté.

Es la típica persona que tiene que ser protagonista, si no, se aburre. Y para muestra un botón, las dos únicas preguntas que me hizo en 15 minutos de conversación:   "Ah pero, ¿en todo este tiempo no has tenido relaciones?" y "¿A que te acordaste de mí cuando te pasó eso?" Ella no se interesa por nadie si no es porque ve que se aleja y su ansia de controlarlo todo la empuja a ello. Y yo ya estoy lejos, estoy muy lejos.

El sitio que ella tenía reservado para mí en su vida cuando pasó la primera etapa, la del cuento de hadas, era el de su mascotita masoca culta e inteligente que estaba ahí cuando necesitaba de amor incondicional o halagos profundos, o algún que otro consejo audaz para afrontar algún problema interpersonal (soy increíble dando consejos, ojalá pudiera aplicármelos).

Pero yo no quería eso, yo quería ser la primera, me daba igual ser la única o no. Cuando me dí cuenta de que eso no iba a ser posible jamás de los jamases me rebelé, me encerré en mí misma, y le negué esos privilegios: los de poseerme, tenerme donde quería.  Sólo salían cuando mi debilidad me podía.

Mientras tanto, se fué yendo todo a tomar por culo y a acumular mierda encima gradualmente. Su sentimiento protección maternal hacia mí, a medida que yo iba negándole el rol dominante y a alejarme, se transformó en prepotencia y en fingida indiferencia. Luego vinieron mis desplantes, a medida que la iba conociendo, no me asustaba en hacer lo que nadie hacía: cuestionar a la incuestionable. Mis críticas ya no iban a quien la menospreciaba, la hería o no la comprendía. Iban hacia ella, porque yo era la que me sentía menospreciada, herida e incomprendida. Ya no íbamos de la mano, estábamos de espaldas mirándonos con recelo y desconfianza.

Esa prepotencia y fingida indiferencia pasó a ser indiferencia real mientras yo me hundía sin poder hacer nada por revertir la situación. A ella sólo le quedaba lo innato, lo que la define: el querer tenerlo todo atado, el intentar hacerme creer que a pesar de las múltiples evidencias de que yo en su vida ya no era más que un insecto molesto e incontrolable, me quería y sentía por mí lo mismo que al principio. Eso es lo único que le reprocho, el ver que sufría porque no tenía lo que quería y seguir con su juego... "Te quiero pero no estoy enamorada de tí, pero no es un te quiero como el que se le dice a una amiga", "Estoy en una etapa de mi vida en la que no puedo estar con nadie, y menos contigo, porque somos muy diferentes, pero quién sabe qué pasará en el futuro". Siempre las mismas palabras, en todas las situaciones, en todas las circunstancias. Las decía en momentos en los que respiraba en su aliento que yo era de verdad única en su vida, y me sonaban a fingida indiferencia; las decía en momentos en los que la distancia entre nosotras era enorme, y me sonaban a fingida cercanía.

Cuando sus argumentos se cayeron por su propio peso y sus actos me pusieron en bandeja una afilada daga que lanzarle a su íntegro ego en una zona mortal, fué cuando sentí que todo se acabó. La desnudé, dejé en evidencia sus desórdenes emocionales tan inteligentemente camuflados... esa daga acabó con ella: "Tienes una inestabilidad emocional acojonante. En agosto, cuando volvimos a hablar, estabas tan pendiente de mí que en cualquier momento creía que me ibas a decir que me amabas. Planeamos juntas una escapadita en septiembre con toda la ilusión del mundo. Se te cruza alguien que te descoloca y se esfuma todo. Ya no soy yo la primera, ya es ella. Te alejas y mientras me lo ocultas  intentas hacerme creer que es por mi culpa, por mis desplantes, por mis desórdenes. Y ahora me entero de esto. No nos vamos de vacaciones porque no tienes dinero: ja, ja. VergÜenza te tendría que dar actuar así, pero no delante mía porque yo ya te calé hace tiempo, sino delante de tus amigas cuando intentes hacerte la racional mientras les explicas esto. La gente no es tonta nena, cualquiera con dos dedos de frente sabe que  no se puede tomar en serio a una persona que actúa así... No se te puede tomar en serio"

Después, los últimos coletazos y todo se acabó. Los discursillos aprendidos funcionan hasta que nuestros actos los derrumban.

Las personas emocionalmente inteligentes triunfan siempre en el amor, ella siempre triunfa, siempre se enamoran de ella, siempre maneja la situación. Mantener una postura firme e íntegra mientras juegas a sentir y a sentirte sentido es una utopía para todos nosotros. No tenemos la fortaleza suficiente para contenernos ante un alejamiento de la otra persona y no caer en el victimismo; no tenemos frialdad suficiente para actuar con fingido interés en el caso contrario, cuando somos nosotros los que nos alejamos. 

Ese es el secreto, mantener a ultranza una postura. A mí se me acabaron con ella las oportunidades, si es que realmente tuve alguna. Cualquier persona con una mínima dosis de amor propio se hubiera ido corriendo cuando hubiera percibido su rol en el juego. Yo me quedé a destruirlo, a humillarme, a humillarla. Así soy yo. Soy como la zorra de la fábula, la que ve las uvas colgando y al no poder alcanzarlas se va coleando pensando que están verdes. Pero a pesar de todo estoy tranquila, cada cual esta vida tiene lo que se merece.

Podría desfallecer ante ella como antes, desplomarme en sus brazos mientras le confieso que sigo amándola aunque no la llame. Pero sé demasiado como para mostrarme así ni un solo instante. He vuelto a hablar con ella, pero ahora está más lejos que nunca tanto emocional como geográficamente hablando, y estoy cómoda con la situación. No voy a caer, hoy sé mejor que nunca que no se lo merece. Ya no hay nada por lo que luchar, tiene una nueva mascota, que luche ella. Yo lo único que voy a hacer es mantener a ultranza una postura: tú te lo perdiste.

Y lo voy a hacer de la forma que ella me ha enseñado: midiendo las palabras.

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