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Blog de la Comunidad de soyborderline.com Trastorno Límite y Trastorno Bipolar

sombra

Escrito por irenitapink
irenitapink
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en Lunes, 15 Diciembre 2008 en
 

Hoy me he pasado horas mirando mi propia sombra sobre la arena húmeda en la playa, y a pesar de todos los años que llevo haciéndolo, ha sido hoy cuando me he dado cuenta del mensaje que se esconde tras esa silueta oscura.

Se dice que la sombra de uno es un segundo yo. Un yo del que solo puedes deshacerte permaneciendo en la más completa oscuridad.

 

El paseo por la playa es una de esas actividades rutinarias que estoy obligada a hacer, como el deporte, las sesiones de terapia o llevar una alimentación controlada. Son las normas de esta pequeña clínica en la que se ha convertido mi casa. Una clínica que me mantiene con un ancla unida al suelo por más que la cabeza vuele.

 

La sombra se asocia siempre con lo malvado y lo peligroso. La sombra es nuestro reflejo en la oscuridad. Pero esa mancha negra no existiría sin la luz que se proyecta sobre nosotros. Sin luz no existiría oscuridad.

 

Llevo años diagnosticada, años tomando demasiadas pastillas y años gestando dentro de mí una frustración incontenible al no poder hacer entender a las personas que me rodean en qué consiste tener Trastorno de personalidad límite. Hacer entender que los brotes psicóticos no son el Norman Bates de Psicosis o que los episodios disociativos no son como Las tres caras de Eva, se convierte en la verdadera cruzada día a día.

 

A veces, mientras miraba esta tarde mi sombra sobre la arena, me daba cuenta de lo distorsionada que estaba, y cuanto más se ocultaba el sol, más se alejaba de parecerse a mí. Incluso en ocasiones, alguna nube cambiaba la calidad de la luz y la sombra parecía cobrar vida propia con movimientos suaves que parecían querer decirme algo. Hoy vi que mi sombra, era una proyección distorsionada de mi figura. Alguien que aunque sigue siendo parte de mí, no soy yo.

 

Y así intento explicar quién es la niña que aparece cuando yo me voy a ese mundo que no existe, al planeta rosa como lo llamo yo. Pero es complicado entender que una chica de 24 años, oficialmente superdotada, publicista de matrícula, ayudante de dirección creativa en una multinacional, con pareja estable y mascota incluída, haya tenido que dejarlo todo porque a veces actúe como una yonki, no solo de pastillas, sino de cualquier cosa, actividad o persona que sea adictiva. Sexo, robos, autolesiones o comida. Cualquier cosa con tal de hacerme daño. A la gente le puede el miedo cuando oye hablar de enfermedades mentales. No se ven ni se tocan. Da mucho miedo porque parece peligroso. Pero la única persona para la que soy peligrosa soy yo misma.

En esas ocasiones me convierto en la sombra sobre la arena, y mientras, yo, la chica de oro, viajo a mundos imaginarios que me he ido construyendo a base de golpes y lágrimas. En aquel mundo no existe la tristeza, y por eso es una gran tentación hacer el viaje, aun sabiendo que a la vuelta, lo que me encuentre, nunca me va a gustar.

 

Pero es así como funciona. La sombra se alimenta de la luz, porque sin ella no existe. Pero la persona no se puede librar de la sombra, siempre va con ella, y solo podría desaparecer si tampoco la persona tuviera luz.

El yo oscuro y distorsionado lo llevamos todos.

Mi enfermedad forma parte de mí al igual que mi simpatía, mi bondad y mi talento para el arte. Es mi sombra, y solo me toca a mi y a nadie más, cuando se une a mis pies.

Hoy mirando esa sombra tirada sobre la arena, moviéndose al ritmo de las nubes, he visto con claridad que las enfermedades mentales son eso, partes de una persona que no se pueden tocar, ni medir, ni oler. Partes oscuras y distorsionadas, pero partes de todos nosotros, las personas.

 

Y yo seguiré mi camino. Volveré a mi vida. Y mi sombra vendrá siempre conmigo, pero entonces yo habré aprendido a ver que soy yo la que se mueve y ella la que me sigue a mí, y no al revés. Y que si miro hacia delante, entonces, ni siquiera la veré.

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