Eco cautivó a Júpiter; sorprendidos en adulterio por Juno, castígola ésta a que jamás podría hablar por completo; su boca no pronunciaría sino las últimas sílabas de aquello que quisiera expresar. Pues bien, viendo Eco a Narciso quedó enamorada de él y le fue siguiendo, pero sin que él se diera cuenta. Al fin decide acercársele y exponerle con ardiente palabrería su pasión. Pero . . . ¿Cómo podrá si las palabras le faltan?
Por fortuna, la ocasión le fue propicia. Encontrándose solo el mancebo, desea darse cuenta de por dónde pueden caminar sus acompañantes y grita: “¿Quién está aquí?” Eco repite las últimas palabras “ . . . está aquí”. Maravillado queda Narciso de esta voz dulcísima de quien no ve. Vuelve a gritar: “¿por qué me huyes?” Eco repite:
“ . . . me huyes”. Y Narciso: “¡juntémonos!” Y Eco: “ . . . juntémonos”. Por fin se encuentran. Eco abraza al ya desilusionado mancebo. Y éste dice terriblemente frío:
“No pensarás que yo te amo . . .” Y Eco repite, acongojada: “ . . . yo te amo”.
“¡Permitan los dioses soberanos –grita él- que antes la muerte me deshaga que tú goces de mí!”.
Huyó, implacable, Narciso. Y la ninfa así menospreciada, se refugió en lo más solitario de los bosques. La consumía su terrible pasión. Deliraba. Se enfurecía.
Y pensó: “¡ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como me desespero yo!”
Némesis, diosa de la venganza –y a veces de la justicia. Escuchó su ruego. En un valle encantador había una fuente de agua extremadamente clara, que jamás había sido enturbiada ni por el cieno ni por los hocicos de los ganados. A esa fuente llegó Narciso, y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha . . . Lo primero que vio Narciso fue su propia imagen, reflejada en el propio cristal. Insensatamente creyó que aquel rostro hermosísimo que contemplaba era de un ser real, ajeno a sí mismo. Sí, él estaba enamorado de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellos cabellos dignos de Apolo.
El objeto de su amor era . . . él mismo. ¡Y deseaba poseerse! Pareció enloquecer. . .
¡No encontraba boca para besar! Como una voz en su interior le reprochó:
“¡insensato!” ¿cómo te has enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera, retírate de esa fuente y verás como la imagen desaparece. Y, sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo . . . ¡y no la poseerás jamás!
¡Desdichado de yo que no puedo separarme de mí mismo!
A mí me pueden amar otros, pero yo no me puedo amar . . Poco a poco Narciso fue tomando los colores finísimos de esas manzanas, coloradas por un lado, blanquecinas y doradas por el otro. El ardor le consumía poco a poco. La metamorfosis duró escasos minutos. Al cabo de ellos, de Narciso no quedaba sino una rosa hermosísima, al borde de las aguas, que se seguía contemplando en el espejo sutilísimo.
Todavía se cuenta que Narciso, antes de quedar transformado pudo
exclamar: “¡Objeto vanamente amado . . . adiós¡” Y Eco: “ . . . adiós”, cayendo enseguida en el césped rota de amor. Las náyades, sus hermanas, le lloraron amargamente mesándose las doradas cabelleras. Las dríadas dejaron romperse en el aire sus lamentaciones. Pues bien: a los llantos y a las lamentaciones contestaba Eco, cuyo cuerpo no se pudo encontrar. Y sin embargo,
por montes y valles, en todas las partes del mundo, aún responde Eco a las últimas sílabas de toda la patética humana. (Ovidio, 2001: 339-510).
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